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El homo habilis había ganado, quizá incosncientemente la carrera de la evolución. Pero hace alrededor de 1,7 millones de años las diferencias acumuladas ya eran tan grandes que a los nuevos ejemplares los antropólogos los consideraron como una nueva especie, a la que llamaron Homo erectus, es decir "el hombre que camina erguido". Esta denominación es un tan to equívoca, porque hace pensar que justo entonces el hombre se irguió sobre sus piernas;lo que pasa es que los fósiles de H. erectus fueron descubiertos antes que todos los demás, y los antropólogos no podían saber que el erectus no era el primer protohumano erguido. En cuanto a nuestro primo el A. robustus, se extinguió por completo hace 1,2 millones de años, y el misterioso Tercer Hombre -si es que existió- debe haber desaparecido más o menos por la misma época.
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¿Cómo era la vida durante el millón y medio de años que duró el emerger del erectus y luego del sapiens? Las únicas herramientas de esta época que se han conservado hasta nuestros tiempos son implementos de piedra a los que, caritativamente, podría calificarse de muy bastos. Las primeras herramientas de piedra varían en su forma y tamaño, y los antropólogos han utilizado estas diferencias para clasificarlas y darles diferentes nombres, tales como "hacha de mano", "cuchillo" o "raspador". Pero estos nombres disimulan el hecho de que ninguna de esas herramientas mantenía una forma o un tamaño consistente que permitiera adjudicarles una función específica. Las marcas en esos instrumentos demuestran que eran usados para cortar carne, huesos, pieles, madera u otras partes de las plantas, y quizás un determinado instrumento fuera usado preferentemente para una tarea, pero considerando el conjunto, tal parece que casi cualquier herramienta de casi cualquier forma y tamaño era usada para casi cualquier tarea, de modo que las categorías de clasificación de los científicos apenas son una división arbitraria dentro de una colección continua de formas de piedra. |
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Las pruebas
en sentido negativo también son significativas. Todas las herramientas
de piedra primitivas estaban hechas para ser sostenidas directamente con
la mano, y no muestran ningún signo de haber sido montadas sobre
otros materiales para darles mayor comodidad, efectividad o aumentar su
brazo de palanca, como sucede ahora cuando montamos la cabeza de acero
de un hacha sobre un largo mango de madera. Tampoco se han encontrado
en esta época restos de instrumentos de hueso, ni de cuerdas con
las que se pudieron construir redes de pesca, ni de anzuelos.
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No hay dudas de que nuestros remotos antepasados también comían carne. La cuestión importante es cuánta carne comían realmente. ¿La habilidad para cazar grandes animales se fue desarrollando lentamente durante el último millón y medio de años, o fue sólo desde el Gran Salto Adelante -hace apenas 35.000 añosque esa carne pasó a formar una parte importante de nuestra dieta? Los antropólogos habitualmente responden a esto diciendo que desde hace mucho tiempo hemos sido buenos cazadores de animales grandes, pero la verdad es que no tenemos ninguna prueba contundente de nuestras habilidades cazadoras hasta hace unos 100.000 años, y parece que aún entonces los humanos eran cazadores mediocres. De modo que parece razonable suponer que los cazadores anteriores a ellos eran aún menos efectivos y conseguían peores resultados. Aún así, la mística del Gran Abuelo Cazador está ahora tan arraigada en nosotros que se hace difícil abandonar nuestra antigua creencia en su trascendental importancia. Se supone que la caza de grandes animales fue lo que indujo a los machos protohumanos a cooperar unos con otros, a desarrollar el lenguaje y cerebros más grandes, a reunirse en pandillas y a compartir el alimento conseguido gracias al esfuerzo en común. Incluso las mujeres habrían sido moldeadas por la cacería: suprimieron los signos externos de ovulación mensual -tan conspicuos en las hembras de chimpancé- de modo de no empujar a los hombres a un frenesí de competencia sexual que arruinaría el sano espíritu de cooperación para la caza. Pero los estudios de las actuales tribus cazadoras-recolectoras, que cuentan con armas mucho más efectivas que las del primitivo H. sapiens, demuestran que la mayor parte de las calorías que ingiere una familia proviene de los vegetales que recogen las mujeres. Los hombres atrapan ratas y otra caza menor por el estilo, que ellos no consideran digna de ser mencionada jamás en los heróicos relatos de campamento que cuentan en torno de las hogueras. Ocasionalmente consiguen algún animal grande, que contribuye significativamente a mejorar la cantidad de proteínas en la dieta. Pero sólo en el Artico, donde es muy difícil conseguir alimentos vegetales, la caza mayor constituye la principal fuente de alimentos. Y los humanos no llegaron al Artico hasta hace unos 30.000 años.
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Artículo
de Jared Diamond, revista DISCOVER, 1989, recuperado de la revista ALGO,
Javier Arrimada, agosto de 2003
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